Mañana he quedado a comer con mi amiga. La guapa. La estupenda. La que yo llamo, con todo el cariño del mundo, la Divinísima. Esa mujer que parece que ha firmado un pacto con la genética y encima tiene el descaro de no disimularlo.
Le he propuesto ir a un vegetariano. Ya sabes, por eso de que he empezado el régimen. Otra vez. Ella me ha mirado como si le hubiera dicho que pensaba alimentarme de alpiste al avena caramelizado.
—¿Pero tú cómo puedes comer un arroz integral con salsa de manzana? —me dice—. Yo con eso me muero de hambre.
Y remata la faena.
—Es que necesito engordar un poco.
Perdona… ¿engordar? Hay frases que no deberían decirse delante de una amiga que está intentando perderle el miedo a la la báscula. Eso no es sinceridad, eso es violencia psicológica.
Porque claro, mientras ella pide más pan para coger unos gramos, yo llevo tres días mirando una croqueta como quien mira a un ex: Sé que no me conviene, pero sigo pensando en ella.
Eso sí, una también tiene sus recursos para levantar el ánimo.
El otro día me dio el bajón. De esos que no arregla una infusión de jengibre. Así que hice lo que cualquier mujer sensata habría hecho: Me puse fina filipina de Kinder, de chocolate y de cualquier cosa que llevara azúcar. Después me cloné a mí misma mi tarjeta sin hacerme pasar por yo—que la serotonina también es malgastar—, me planté todo lo que me quedaba peligrosamente ajustado haciéndome la tía buena y salí a la calle decidida a que el mundo me quisiera un poco.
Y oye, funcionó.
Me crucé con un grupo de veinteañeros con más hormonas que sentido común. Se quedaron mirándome y empezaron a soltarme piropos. Alguno era hasta publicable.
Yo seguí caminando con una dignidad que no sabía ni que tenía. Porque una cosa te voy a decir: La autoestima es muy caprichosa. Hay días que no te la levanta ni el mejor espejo, y otros te la arregla un desconocido que podría ser perfectamente amigo de tu hijo.
Así que llegué a una conclusión.
Mi amiga seguirá siendo la Divinísima. Seguirá diciendo que tiene que engordar mientras yo intento recordar dónde dejé la fuerza de voluntad. Pero yo también tengo lo mío. Tengo mi punto, mi rollo y, sobre todo, mi público.
Y mira, a cierta edad una ya no aspira a parecerse a una modelo de lencería. Aspira a salir de casa, gustarse en el escaparate de una tienda y volver creyéndose un poco más espectacular de lo que salió.
Que para complejos ya está el probador.
Y para divas… las que, sin estar perfectas, seguimos saliendo a comernos el mundo. Aunque antes nos hayamos comido media tableta de chocolate pensando que algún día ese seremos como ella, como la tableta: Cuadriculada. Y mientras tanto, plín . Y a vivir que son dos días.
No me entiendas, solo quiéreme.

