NO ME ENTIENDAS, SOLO QUIÉREME
Dicen que el tie dye nació del azar. Yo creo que nació de la vida. De una mancha de lejía en tu prenda preferida, de un desteñido al sol, de un café derramado… y ya, de lo perdío al río. El espíritu de los 70. Libertad.
Ese degradado cromático que impregna todo, como la vida. Cada prenda de este teñido es irreverente, nada es igual, como nadie sale intacto del tiempo. Todos acabamos teñidos por algo: Un amor que nos cambió el color de los días, una despedida que dejó sombras, un viaje que nos llenó de luz, una caída que nos enseñó a levantarnos sin pedir permiso, un ex tóxico fijo discontinuo que descolora el corazón..
El blanco nunca permanece blanco. Igual que nosotros.
Hay etapas azul océano, donde todo parece infinito. Otras coral, llenas de fuego y de ganas de volver a empezar. A veces los naranjas intensos. Llegan los tonos arena, cuando aprendes que la calma también puede ser un destino. Y aparecen colores que jamás habías imaginado llevar… hasta que la vida decide que te quedan mejor que los anteriores .Cuestión de probar.
Por eso me gustan los estampados tie dye.
Porque no buscan la perfección. Buscan contar una historia.
No hay dos iguales, como no hay dos vidas iguales. Cada mancha tiene un porqué, cada mezcla un recuerdo y cada color una versión distinta de quien fuiste.
Vestirse de tie dye es aceptar que ya no eres la misma. Que tu vida ha pasado de ser un lienzo en blanco a un cuadro de Pollock.
Y menos mal.
Porque las personas que nunca cambian conservan el mismo color toda la vida. Y eso es muy aburrido. Y triste.
Las que se atreven a vivir acaban convertidas en un lienzo de colores tantos como etapas. Tanto como amores. Tanto como errores.
No me entiendas. Solo quiéreme.
Aunque hoy vista de azul, mañana de coral y pasado de todos los colores que aún nos quedan por descubrir.


