El vestido de satén que no pide permiso para brillar.
Dicen, entre otras tantas cosas, que el satén es solo para la noche. También dicen que el blanco engorda, que las rayas ensanchan y que hay una edad para dejar de llevar minifalda. Lo curioso es que casi nadie se pregunta quién escribió esas normas. A saber.
A mí siempre me ha parecido un vestido demasiado bonito para dejarlo esperando en el armario hasta que anochezca. Y casi siempre se queda, triste y solo.
Me gusta verlo a plena luz del día, con unas sandalias planas, un bolso de rafia y esa tranquilidad de quien se viste para sentirse bien, no para cumplir expectativas y menos las de otros. ya sabemos que hay días en los que un vestido bonito no necesita una ocasión especial; la ocasión eres tú. Somos nosotras.
Y cuando llega la noche, basta con cambiar los complementos, añadir un labial un poco más intenso y dejar que el satén haga lo que mejor sabe hacer: Captar la luz sin pedir permiso, envolverte y ser como Rita en Gilda. Quizás ese es el punto.
¿Qué alguien piensa que vas demasiado arreglada para comer? Seguro.
¿Qué cualquiera cree que vas demasiado sencilla para una cena? También.
Siempre habrá quien opine sobre cómo deberías vestir, cuánto deberías enseñar o qué colores «te corresponden» según la edad. Es curioso: hablan mucho de la ropa y muy poco de cómo te hace sentir. Punto y aparte.
Yo prefiero otra forma de entender la moda. La que no entiende de etiquetas. La que convierte un vestido en una actitud y no en un protocolo. La que no entendemos pero queremos.
Así que ponte el satén cuando te apetezca. Para un café, para una reunión, para una cena o simplemente porque esa mañana te miraste al espejo y te gustó lo que viste. Por fin, bendito momento.
Porque la mejor tendencia siempre será vestir para una misma e imaginar que eres toda y cada una de ellas.
No me entiendas, solo quiéreme.

