A mí me pasa mucho. Veo un bolso y pienso: «Uy, esto tiene un aire a Bottega». Luego miro el precio del Bottega de verdad y se me pasa.
Con las sandalias, tres cuartos de lo mismo. Doradas, finitas, elegantes… hablan italiano perfectamente, aunque las mías seguramente no hayan salido de Italia ni de vacaciones.
Y ahí está la gracia. Y la inventiva.
Porque para vestir bien no hace falta llevar la tarjeta de crédito al límite clonándote a tí misma como si no hubiera un mañana. A veces basta con fijarse en lo que hacen las grandes marcas y quedarse con la idea, no con la factura.
En este caso, además, el vestido ya viene bastante hablador. Rompedor. Susurrante. Tiene colores, estampado, escote, movimiento… No necesita que le pongamos al lado un bolso que nos quite comodidad o que llame demasiado la atención, unos pendientes normalitos y unas sandalias que quieran salir en la foto ellas solas.
Así que bolso camel, sandalias doradas y pocas joyas. Simple. Lujo silencioso.
Y ya.
Bueno, “ya” después de probarme cuatro bolsos, cambiarme los pendientes dos veces y decidir que las primeras sandalias eran las buenas.
Porque una también tiene sus procesos. Y sus etapas. Y todas a la vez.
Mi teoría es:
Vestido que habla alto + complementos que susurran = funciona.
¿Que el bolso podría recordar a Bottega? Sí.
¿Que las sandalias tienen un puntito Valentino? También.
¿Que necesitamos hipotecarnos para conseguir el efecto?
Pues mira, eso ya no.
El lujo está muy bien. Pero inspirarse sale muchísimo más barato.¿ O no?

