Si algo te da el naranja es fuerza, luz y poderío.
Hay prendas que te hacen girar la cabeza. Y luego está el naranja, que consigue que la gires aunque estuvieras muy ocupada mirando otra cosa. Te destella.
A mí me pasó con una mujer que cruzó por delante de una terraza. Llevaba una camisa naranja, unos vaqueros y esa tranquilidad de quien se ha vestido en cinco minutos.
Yo puedo tardar cuarenta en conseguir ese efecto de cinco. Cuarenta y cinco.
La seguí con la mirada. Primero la camisa. Después cómo la llevaba. Después otra vez la camisa, porque hay momentos en los que una necesita confirmar si le gusta una prenda o quiere directamente la vida de la señora.
Hasta entonces, mi relación con el naranja había sido cordial, pero distante. Me gustaba en otras. En un escaparate. En una terraza italiana, con hielo y una rodaja dentro.
—Perdona, ¿de dónde es? – Le solté.
Me lo dijo, se sonrió y siguió caminando. Ella continuó con su día. Yo ya tenía un asunto pendiente.
Hasta entonces, mi relación con el naranja había sido cordial, pero distante. Me gustaba en otras. En un escaparate. En una terraza italiana, con hielo y una rodaja dentro.
Para vestir, me parecía un color que exigía demasiadas explicaciones y exigencias.
Y yo ya doy bastantes. Para qué más.
Pero aquella camisa se me quedó en la cabeza. Así que entré en una tienda «solo a mirar», una expresión que debería pronunciarse siempre en presencia de un abogado.
Encontré una parecida. La cogí, la dejé, volví a cogerla.
—¿No será demasiado naranja?
La dependienta miró la camisa. Me miró a mí. Con cara de incrédula.
—Es naranja.
Una profesional.
Me la probé con mis vaqueros y, de repente, todo lo que llevaba parecía mucho mas cool. Hasta el bolso, que esa mañana había cogido porque estaban dentro las llaves.
Me gustó.
Luego empezó la inspiración
Con blanco quedaría preciosa. Con marrón, también. Con dorado. Con rosa… ¿con rosa? Me acerqué al espejo. Me alejé. Incliné un poco la cabeza, como si el problema fuera el ángulo. Saludé al espejo y me miré otra vez.
Yo había entrado buscando una camisa y estaba organizando un pequeño festival.
Me la llevé, naturalmente.
El primer día que me la puse decidí llevarla con discreción: pantalón sencillo, sandalias, pendientes pequeños.
Incluso bajé la voz al pedir el café. Me pareció que la camisa ya estaba diciendo bastante.
Entonces una mujer de la mesa de al lado se inclinó hacia mí.
—Perdona, ¿de dónde es?
Se lo dije con esa tranquilidad de quien se ha vestido en cinco minutos.
Había tardado cuarenta.
Pero eso tampoco tenía por qué contárselo.


