Hay días en los que una se viste con criterio, orden y disciplina. Otros como te dé la real gana.
Están los días sensatos. Miras el tiempo, lo vuelves a mirar por si ha cambiado en el espacio temporal de cinco minutos, y piensas dónde vas, y si te combinan los colores, estudias si el zapato es adecuado y consigues salir de casa convertida en una persona sensata. El tiempo combina contigo.
Y luego están los días raros. Abres el vestidor y decides todo y todo a la vez. Insensata. Mi estado de ánimo se anima con la ropa.
¿Por qué no?
Durante mucho tiempo nos explicaron que había ropa de día, ropa de noche, ropa de trabajar, ropa de salir, ropa elegante y ropa informal.
Qué agotamiento.
A mí ahora me gusta mucho más pensar que la ropa tiene posibilidades. Otras vidas, otros mundos. Otros yo.
Una camisa blanca con vaqueros dice: Hoy soy una mujer razonable.
La misma camisa con una falda de lentejuelas dice: Razonable, sí, pero tampoco te pases.
«Una blazer con pantalón siempre va bien para una reunión». Y te salva el después. Con unos vaqueros, a tomar un café. Con una falda larga, a cenar. Son reglas no escritas pero las adaptas porque durante aproximadamente cuarenta minutos te crees que tienes la vida completamente controlada.
La ropa tiene ese poder. Mezclar. Cambiar. Combinar.
Ponerte la camisa que siempre llevas por dentro, por fuera.
El jersey elegante con los vaqueros gastados.
Las lentejuelas con punto.
Una camisa vaquera con algo que jamás habrías pensado combinar con una camisa vaquera.
Tacones cuando nadie los espera.
Zapatillas cuando todo el mundo esperaba tacones.
Y mañana hacerlo exactamente al revés.
Porque quizá el verdadero lujo de vestirse no sea tener muchísima ropa. Sea tener muchísimas posibilidades.
Hoy sofisticada.
Mañana básica.
Pasado mañana un poco absurda. De eso vamos sobradas.
Y el jueves, si todo va bien, las tres cosas a la vez.
Porque vestirse también puede ser eso: Tu juego sin instrucciones.
Quitártelo. Volvértelo a poner.
Y salir de casa pensando:
Pues mira, hoy me gusta. Que tampoco hace falta mucho más.
No me entiendas. Solo quiéreme.
Dedicado a mi amiga Genoveva, porque ella es una gran mujer y todas a la vez. Y para eso hay que tener mucha personalidad.



