Rubia de mentira
Yo era rubia de pequeña. Lo confesé, lo confieso y lo confesaré. Spoiler: Era oro puro bajo el sol. La cuestión es seguir siéndolo.
De mayor, me lo he inventado.
Ahora me he convertido en una de esas rubias que hacen bailar su melena al ritmo de los tacones. Tacones que no solo marcan el paso: marcan la pauta, el ritmo de mi presencia, mi esencia, mi yo. Cada clic en el suelo es un aviso al mundo: “Aquí estoy, follow me”. «Un no se qué que qué se yo, que yo qué sé». Como me decía mi padre.
Intento ser la rubia que siempre fui, sin ser tonta, porque las rubias no somos tontas. Nunca lo hemos sido. Otra cosa es que nos lo hagamos. Me miro al espejo y veo la ilusión: una rubia que presume de cabellera dorada al sol, luminosa y cuasi perfecta, aunque mis raíces oscuras descubran la verdad. La luz atrapada en cada mechón, la coquetería de un color que no es mío… y sonrío ante la paradoja, una más de las que forma parte de la vida. De la de todos.
Porque ser rubia es un acto de creencia. Una forma de caminar por el mundo con un filtro que es el que eliges, el de las rubias, el dorado, donde todo parece distinto, más brillante, más audaz. Es sostener la mirada de quienes intentan descifrarte mientras piensas que no te van a descubrir… y efectivamente, no lo harán. Y sí, también es una esclavitud: mechas, betas, reflejos, el autoengaño constante. La vida.
Vuelvo al spoiler: yo era rubia de pequeña. Lo confesé, lo confieso y lo confesaré.
Tengo una amiga —casi novia— que es rubia. De verdad. Yo también lo soy, pero de mentira. Bueno, casi rubia, como casi lo nuestro, de mentira.
Siempre he admirado su rubio surfero, degradado, bicolorizado, perfecto, eterno en cualquier estación. Un día me confesó su secreto: de niña era rubia. Como yo. Como las injusticias de la vida. Ella si y yo no.
Así que entramos en el club de las rubias de infancia. Lo juro, hay pruebas: fotos con el pelo dorado al sol, esa luz de verano eterno de dos meses seguidos, cuando aún no sabíamos que el mundo futuro se teñiría en una paleta de mechas. Como el pasar de los días, paleta de emociones.
Pero crecí, y mi rubio se fue apagando. Surgió un ceniza discreto, casi elegante, que siempre estuvo ahí. Y decidí no bajarme del carro. En otras palabras: seguir siendo rubia. Como Cristina, mi amiga, la rubia desde niña. La cuasi novia.
Desde entonces camino como una de esas rubias: tacones firmes que resuenan en la acera como si fuera la alfombra roja, aunque solo esté invadiendo el carril bici en busca de una estrella que quizás solo existe en mi cabeza. No nací así, pero aprendí a parecerlo. A brillar por fuera, aun cuando mis raíces oscurecen cada cierto tiempo, empeñadas en contar la verdad. Como la vida
Con los años entendí algo: Lo que crees es lo que eres. Ser rubia no es un color, es una actitud. Es caminar con un filtro dorado donde todo parece distinto, aunque por dentro tengas tus sombras. Una manera de tener luz a pesar de las tinieblas, las umbrías o las nubes. Como el devenir de la existencia.
No es solo un color: es una mirada, un enfoque vital.
Es soportar que te miren y sientas que solo ven lo que escondes.
Pero yo lo sé.
No soy rubia… aunque lo fui, y volveré a serlo. Actitud ante la vida.
Un propósito de enmienda. Uno más.
O quizás… solo en parte.
Dedicado a mi amiga Cristina, por las cosas buenas de la vida que nos ocurren. Agradecida siempre.